miércoles, 26 de mayo de 2010

Cuarta Carta






Los ceniceros se multiplican en mi escritorio, también las posibilidades de un cáncer. Decenas de cadáveres de cigarrillos que me recuerdan los minutos, las horas y los días que paso aquí, frente al teclado, pariendo letras que me desnudan, que me abren capa a capa como si yo, no fuese más que una cebolla expuesta en el estante de un supermercado, esperando una mano que me lleve a casa, me rebane y llore por mi culpa antes de engullirme completa.
La Vale está aburrida, me dice que deje de escribirte, que te olvide, que tú jamás leerás mis cartas… que no te interesan. Que eres demasiado alto como para seguir tus pasos, que eres irreal, distante, ajeno, que yo te inventé en un sueño.
Yo lo sé… y no me importa.
Creo que me gusto así, aislada, sin sentido, transparente como un fantasma, de esos que recorren nuestras casas en busca de amigos que al final espantan. Me gusto saltando de letra en letra, dejando trozos de mi propia carne en ellas. Me gusto envuelta en mi pijama de Betty Boo, desparramada en la alfombra con los ojos fijos en el bailoteo de las moscas. Me gusto inconsciente, caprichosamente triste, alejada del modelo ideal de mujer que no me interesó seguir. Me gusto mientras me arrastro tras tu sombra como serpiente asechando la presa que sabe, no logrará alcanzar jamás, pero que no puede dejar de seguir. Me gusto con la conciencia amoratada y con la pena descansando en el frasco de barbitúricos que oculto en el baño. Me gusto porque soy simple, porque no aspiro a ser perpetua, porque jamás anhelé menos que hoy. Me gusto imperfecta, pasajera, efímera como un segundo de silencio. Me gusto, porque no sufro por todo ni por todos, porque los muertos no me atormentan, porque mis lágrimas ya no son coléricas, porque no cargo una mochila de culpas, porque al fin de cuentas, la culpa no sirve para nada. Me gusto hoy más de lo que me gusté jamás y eso… te lo debo a ti.
— Te haces daño a conciencia — Susurró la Vale mientras me quitaba el cigarrillo de la mano y lo retorcía en el cenicero. — Sabes que te quiero y me preocupas.
Reí.
—Tal vez mi cabeza no funcione bien del todo, — le dije encogiendo los hombros— pero vamos, ¿Quién no es un poco desquiciado, paranoico y psicótico en estos días? — Reí una vez más, pero al ver la mueca de sincera preocupación en su rostro suspiré — no tengo la intención de ser estudiada, ni de dejar de fumar — le aclaré.
— Lo primero no me importa tanto como lo segundo — bufó. — Por favor, deja de fumar.
Negué con la cabeza.
— Usa los parches que te compré.
— Encendí uno ayer — Bromeé— no saben nada bien.
— Bromear con tu salud no está bien.
— Fumo porque me gusta, porque me tranquiliza y, en cierto modo, me quita la ansiedad. Lo dejaré, lo prometo… algún día.
— Tal vez sea tarde cuando te decidas.
Lo pensé por medio segundo y luego reí.
— Creo que correré el riesgo. — Decidí — Y hablando de tarde… Son más de las doce, Luis debe estar extrañándote.
Ella, sonrió ante mi brusco y poco sutil modo de cambiar el tema.
— Tienes razón — carcajeó— seguro que está mascándose las uñas.
— No querrás que el señor detective llegue con su arma y refuerzos a buscarte ¿verdad?
Rió con ganas.
— Se lo debe estar pensando— volvió a reír.
Se levantó del sillón de un salto, tomó su cartera, me besó en la frente y salió del departamento.
Caminé hacia la cocina en busca de algo para comer. El sándwich de tres pisos aun no paraba de dar vueltas en el microondas, cuando oí su llave en la cerradura de la puerta.
Me sorprendí, no esperaba que él, viniese hoy.
— Interesante atuendo — musitó con los labios adheridos a mi cuello, mientras rodeaba con sus brazos mi cintura — En pijamas, pareces una niña pequeña.
Suspiré.
— No te esperaba hoy — le aclaré — recuerdo que te pedí que me avisaras cuando pensaras venir, pude no estar sola.
Rió.
—El portero me aseguró que lo estabas —me explicó. —No me hubiese detenido el que estuvieses acompañada— agregó encogiendo los hombros.
Me quedé en silencio. Ya habíamos discutido antes este tema, sin llegar a ningún sitio con ello.
Me giré para ver su rostro.
— ¿Qué haces aquí?
— Te extrañaba, no respondiste ni me llamaste en toda la semana.
Lo miré a los ojos con actitud.
— ¿No te parece que el mensaje era obvio? — Me burlé —No quería hablar contigo.
Me tomó la mano y literalmente me arrastro hasta el sofá. Me senté, abrasé mis piernas y recosté la barbilla sobre mis rodillas.
Él, suspiró al ver mi postura defensiva, se giró hacia el reproductor de música y lo encendió. Sonrió tristemente al reconocer los acordes de la primera pista del disco. Reminds me of you de Van Morrison, era de algún modo, nuestra canción.
Nos quedamos en silencio un momento, con las miradas trabadas el uno en el otro, mientras Morrison cantaba la primera estrofa. Luego él, apago el estéreo, tomó la guitarra que reposaba en la alfombra, se acomodó frete a mí y comenzó a cantar la misma canción, luego siguió con Have i told you lately that i love you.
Enterré la cara en mis rodillas y me ovillé aun más. Me quedé en esa posición hasta que la canción llegó a su fin.
—Ese es un juego sucio —le recriminé
Acomodó la guitarra en el suelo nuevamente y puso sus manos a ambos lados de mi cara, para atrapar mi mirada.
—La vida entera ha sido un juego sucio para nosotros— susurro a pocos centímetros de mi rostro— si no lo fuese, yo no te amaría del modo en que lo hago o tú no estarías sola…. — Apoyó su frente en la mía un momento y suspiró. — o yo viviría aquí.
—La vida es como cada cual decidió vivirla— le dije con la voz rota— Somos dueños de nuestras decisiones.
Negó con la cabeza sin separar nuestras frentes.
— Yo no sabía que tu existías — susurró — Te hubiese esperado.
— Por favor — le rogué— No quiero… No me gusta…
— Lo sé — Me interrumpió— pero que no quieras admitirlo, no significa que no sea una verdad.
Me deshice de sus manos, me levanté del sofá y caminé hacia mi escritorio. Cuando tomé los cigarrillos, por casualidad moví el mause del computador haciendo que la pantalla volviera a la vida. Él, hizo una mueca al ver la secuencia de fotografías en el protector de pantalla.
— ¿Sabes que la Vale tiene una teoría acerca del porqué elegiste enamorarte de él?— Preguntó con los ojos aun puestos en las fotografías. — Ella cree que es un modo de esconder tus sentimientos verdaderos, una manera de volver a tus años adolecentes, a la fantasía de lo imposible— Rió sin un ápice de alegría— Yo no creo eso— aseguró— decidiste amarle con tanta fuerza y con tanta seguridad, porque jamás podrás perderlo; él será por siempre tuyo, y por siempre ajeno.
Se levantó del piso, se repantingó en la silla frente al computador y me acomodó en su regazo.
— Por curiosidad, estuve indagando en internet sobre él. — Sonrió— quería entender. Estamos juntos desde hace casi dos años y no te conozco por comple¬to. No sé cómo eres. Pero sé cómo no eres. Y tú no has sido tú durante el último mes. No me cuadraba con tu personalidad el que estuvieses fascinada con un actor de cine. Es cierto que no encajas con los “cánones normales” que se aplican a una mujer, siempre reaccionas de un modo demasiado racional, incluso frío. Es por eso que esta “irracionalidad” me tenía confundido. — Enterró su cara en mi pelo y suspiró— hasta que por fin lo entendí. Luego leí tus cartas y te confieso que me estoy muriendo de los celos.
Me carcajeé ante el absurdo.
No le imaginaba leyendo entrevistas, ni sintiendo celos de un actor de cine.
— ¿Celoso? — Inquirí incrédula— uno siente celos de lo que le pertenece. — Agregué en tono mordaz.
Me besó en la coronilla y me apretó firmemente contra su pecho.
— Eres mía porque te amo, porque te he amado toda mi vida, aun antes de conocerte. — Suspiró— y con esa misma confianza te digo que sé que yo no soy lo que necesitas, aunque sea tu otra mitad.
Bufé.
— Comenzamos con la teoría nuevamente… ¿Sabes que a veces pienso que me hablaste de ella, sólo para poner un paño fresco en tu consciencia? — Le escupí las palabras al tiempo en que tomaba su mano y señalaba el anillo que adornaba su anular.
Él, apartó su mano de las mías y la cerró en un puño.
— ¿También se la contaste a ella?
— Sabes que si pudiera, dejaría todo…
— Jamás te he pedido nada— Le interrumpí — Es sólo que me parece un poco hipócrita de tu parte el que me digas que sientes celos de algo que sabes está totalmente fuera de mi alcance, cuando eres tú el que sale de mi cama para acomodarte en los brazos de la mujer a la que perteneces. — Le tomé la mano nuevamente y volví a señalar su anillo— ella es tu propiedad, ella te juró fidelidad… Yo no te debo nada.
Me deshice de sus brazos, me paré frente a él con la sangre hirviéndome por dentro.
— Te apareces aquí, me cantas, me juras que me amas y ¿para qué? — Chillé— ¿Para llevarme a la cama? — Mientras hablaba, sentía como mi garganta se iba anudando y los ojos se me llenaban de lágrimas— te lo haré más simple — me burlé— ¿donde quieres que lo hagamos?... la alfombra no me parece un mal lugar… ¿Cuánto tiempo te queda?, ¿diez minutos?
Su cara estaba desfigurada de horror, yo jamás había reaccionado de un modo tan brusco, ni tan directo. Inhalé profundamente intentando tragarme el llanto ¿por qué tenían que traicionarme las lágrimas justo cuando necesitaba ser más fuerte? Me odié a mí misma en ese segundo.
— Mira en lo que me convertí — le grité señalándome los ojos — yo no lloraba. Y ahora no hay un sólo día en que no lo haga. —Me sequé los ojos con el dorso de las manos y dejé que la furia me atacara con toda su fuerza — ¡yo no soy esto! —grité incapaz de parar el llanto. — por supuesto que elegí el amarle para protegerme. Ojalá le hubiese encontrado en la realidad y no en una fantasía…
— ¿Y crees que no lo sé? —Me interrumpió —tú, me hablabas de él, aun antes de que apareciera. Me lo describiste mil veces sin siquiera conocerle. He sentido pánico de que le encontraras desde que te conocí.
—Alégrate entonces de que no lo conoceré —chillé— alégrate de que es un imposible. Alégrate de que estoy chiflada, ¿te das cuenta de que tengo treinta años y te confesé que amaba a un actor de cine?, ¿entiendes el absurdo? ¡Dios!... ¡Ni siquiera me gusta ver televisión! Aparte de sentirme ridícula, sentía también una angustia terrible en el pecho, como si una mano me apretara todo lo que estaba ahí dentro. Me di cuenta de que ya no era capaz de controlar los sollozos. No recuerdo haberme sentido tan desprotegida y vulnerable en toda mi vida. Intentaba respirar, pero el aire quedaba atascado en mi garganta.
Se levantó de la silla y caminó hacia mí.
— Paula — Susurró tomando mi cara entre sus manos. Cerré los ojos y dejé caer los brazos a los costados de mi cuerpo. — Él aparecerá, y yo no sé si sobreviviré a eso.
— ¿Por qué no pasas de las palabras rosadas y te centras en lo que viniste a buscar? — Abrí los ojos y le miré fijamente— no necesitas seducirme… ahórrate ese tiempo.
— No te trates así — rogó — jamás te he visto de ese modo, es injusto que…
— ¿Injusto? — Le interrumpí con voz ronca— injusto es que tú estés aquí jurando que me amas mientras tu mujer da vueltas por tu casa angustiada, segura de que estás atrapando delincuentes. Te irás directo al infierno por hacerle esto, y yo contigo.
Se giró rechinando los dientes y le dio un fuerte golpe al muro con el puño.
— ¡Yo estoy en el infierno! — Gritó— ¿crees que soy inconsciente de todo el daño que les hago?, ¿crees que no me importa? — volvió a aporrear el muro, esta vez el cuadro que colgaba de él, cayó al suelo haciéndose añicos. Miles de pequeños trozos de cristal cubrieron el piso.
Se llevó ambas manos a la cara, como si quisiese arrancársela.
— No te muevas — me ordenó extendiendo la mano.
Me miró por un segundo con los ojos vidriosos, luego se sacó la chaqueta y la puso en una de las sillas. Caminó hacia mí, me levanto del piso cargándome como a un bebé, me llevó al cuarto y me tendió en la cama.
— Lamento mucho que tengas la impresión de que en tí, sólo busco sexo. — susurró sentándose frente a mí, y limpiando la comisura de mis ojos con su pulgar— quiero que sepas que sí lo necesito, pero no es por lo que piensas.
— ¿A no?
— No — suspiró — Tú, eres un ser absolutamente impredecible y con un control de sí, que escapa a toda lógica. Muchos, los que no te conocen en realidad, creen que eres insensible. Te ven caminando por la vida con paso firme, sin miedo a nada ni a nadie. Eso aterra, sobre todo a los hombres. El día que te conocí ¿Lo recuerdas verdad?
Asentí con la cabeza, por supuesto que lo recordaba.
Había llevado a un chico con una sobre dosis de droga al hospital y me habían detenido porque pensaban que yo se las había dado.
— Estabas sentada frente a mí, completamente relajada, explicándome una historia que me pareció absurda ¿Quién recoge a un extraño drogado de la calle y le lleva al hospital arriesgándose del modo en que lo hiciste? — Rió— Sólo tú, por supuesto.
— Me trataste como a una paria— le reproché.
— Estaba haciendo mi trabajo — me explicó — todos los delincuentes son blancas palomas cuando les detenemos. Tu tampoco me trataste muy bien ese día — rió nuevamente — me dijiste que era un obtuso, sobre potente e insensible.
— Lo fuiste conmigo.
— Lo sé — musitó — y ya me disculpé por eso. Ese fue el día en que descubrí que tú eras a quien buscaba, que tú eras mi otra mitad, que la historia que me había contado mi madre, era una verdad literal.
— El amor a primera vista— Me burlé. — Si no lo recuerdas, tú ya estabas casado, ya amabas a otra mujer.
— Por supuesto que le amaba, y aun lo hago, jamás te he mentido sobre eso — me aclaró — pero sabes que lo que me pasó contigo es algo completamente diferente, yo te amo porque tú eres una parte de mí mismo, porque alguna vez fuimos un sólo ser.
— Estábamos hablando del sexo— le recordé — no de teorías acerca de reencarnaciones y brillo en los ojos.
— Es verdad — admitió — te decía que tu modo temerario de enfrentar la vida aterra y desconcierta, sobre todo si tenemos en cuenta que eres una mujer.
Hice una mueca y el rió.
— Luis, me dice que serías un excelente mejor amigo, si tu cuerpo no distrajera tanto— se burló y luego suspiró. — Cuando hacemos el amor, es el único momento en que me abres la puerta para que comulgue, no sólo con tu cuerpo, si no también, con todos los aspectos de tu personalidad. No importa la imagen que quieras proyectar. No importan las caretas, las razones, las salidas honrosas. Es una fuerza tan pura, tan única, que aunque lo intentes, no puedes esconder quien verdaderamente eres. — Se acomodó a mi lado, me rodeó con un brazo y recostó mi cabeza en su pecho — Cuando hacemos el amor, nos entregamos por completo, porque sabemos que sólo lo sentiremos en toda su intensidad si perdemos el control. En el momento del orgasmo, no somos capaces de ver, de escuchar, de sentir el sabor, el tacto, el olor. Durante aquellos segundos, nuestros cuerpos desaparecen, un éxtasis ocupa sus lugares y sólo en ese segundo, me siento completo, porque nos convertimos en un sólo ser, tal y como lo fuimos en el pasado.
La habitación quedó en completo silencio, no supe que decir, ni que argumentar en contra de eso. Yo sabía que lo que él me decía, era una verdad.
Me quedé quieta mientras él acariciaba mi pelo. Podía oír el tic tac de su corazón. Esa era la razón por la que no podía dejarle, esa era la razón por la que lo que está bien o mal había perdido su importancia. Porque acomodada en su pecho, podía dormir del mismo modo que duerme un niño. Seguro de que hay alguien que le ama y que le protege de cualquier mal o cualquier peligro.
Yo, no reconoceré jamás que su historia de las otras partes es una verdad, aunque dentro de mí lo sepa.
Él, es mi otra mitad, lo vi en el brillo inconfundible de sus ojos. Lo reconocí en los tuyos también. Espero tener suerte en ésta vida y encontrar a una de mis partes, que sí me pueda acompañar…

lunes, 3 de mayo de 2010

Tercera Carta






Nunca he sido buena para los tiempos, y ningún dato que envuelva dígitos. He aprendido a respetar lo que la memoria elige y me protejo con ello…
Tal vez, esa fue la causa de que olvidara la reunión de hoy. Ya estaba acomodada con todos los artilugios de tortura dispuestos. — Una película, un paquete de papas fritas, y los calcetines azules que me van grandes, que están sucios, pero que no lavo por que los usó él. —cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Era la Vale, me decía que ya habían llegado todos y que me esperaban.
— Voy en camino— mentí y salté fuera de la cama.
No gasté mucho tiempo en revisar mi armario. Unos jeans y una camisa serían suficientes y adecuados para un bar. Me estudié en el espejo unos segundos, mi aspecto sería capaz de enternecer a cualquier madre o abuelita. Sonreí ampliamente al verme.
Está claro que la malicia no se compra en las tiendas… es innata.
Llegué al bar, una hora más tarde.
Ahí estaba yo, rodeada de todos los que fueron mis amigos y enemigos en la escuela, con un cigarro en una mano y una cerveza en la otra.
— Estas idéntica, no has cambiado nada. No me puedo creer que estés soltera— repetía Sergio en mi oído.
No respondí.
Él, estaba mucho más calvo y casado de lo que yo recordaba.
Cuando había terminado mi tercera cerveza, pedí que el mozo me trajese un whisky, —de haber podido, me lo hubiese inyectado en la venas— era el único escape, el único modo que tenía de callar las voces que parloteaban en mi cabeza. Las voces que no se cansaban de alabar las bondades de tener un marido babeando tu almohada.
Es increíble la capacidad que tiene el humano para dañar a su prójimo, encuentra una herida y escarba hasta llegar al hueso. No digo que las heridas me disgusten, no es eso. La verdad, creo que tengo cierta debilidad por ellas — Sobre todo por las que sangran y que de tanto estar abiertas, se pudren en las orillas— el problema es que esta noche, no venía predispuesta a mostrarlas.
De haber sabido, me hubiese quedado a lamerlas en casa.
Por más de una hora, fui tema de análisis profundo.
Que no es sano vivir única. Que las mascotas acompañan… No, que esclavizan. Que mi reloj biológico ya esta pitando en reversa. Que hay que enamorarse. Que es mejor no hacerlo… En fin, me sentí la protagonista de mi propio reality show.
— Pero Paula está enamorada— Intervino la Vale con actitud— Y de su alma gemela.
—Un músico— Gritaron varios a coro.
Torcí el gesto.
Supuse que las intenciones de mi amiga eran buenas, pero ¿Era necesario exponerme de ese modo? ¿Qué diría?
Bueno, tendrán suficiente material para reír durante el resto de la semana.
Suspiré.
— Si, es un músico— Respondí con recelo.
— Un pianista— se burló Marcela.
— Toca el piano, la guitarra y canta… Bueno, más o menos— Rió la Vale.
— ¿Casado? — Inquirió Andrea con una risita irónica.
Gruñí, me llevé el vaso a los labios y tomé un sorbo largo para amordazar mi lengua. ¿Con qué derecho osaba el enjuiciarme?
Ella, con su vida perfecta, con caminos de rosas y sobrevolada por pajaritos. Ella, la abnegada madre felizmente casada con un hombre infeliz, que rogaba por meterse en mi cama…
— ¿Envidia? — La Vale preguntó mordaz — Tu quisieses tener el encanto, la belleza y la libertad que tiene Paula, a que sí.
— Y las caderas — Se burló Sergio.
— El movimiento de caderas— Matizó Eduardo.
Quise que la tierra se abriera en ese momento y me tragara completa.
— Ignórala— Articuló con los labios Marcela, haciendo un gesto con su mano— háblanos de él— me pidió en voz alta— ¿Quién es? ¿Dónde lo conociste?
Me quedé helada, ¿Qué podría decirles sin sonar como una completa desquiciada?
— Lo conoció en internet— Explicó la Vale guiñándome un ojo para que le siguiera el juego— y es guapísimo.
— ¿En internet? — Sergio preguntó divertido.
— Si— Respondí con un hilo de voz.
— ¿Qué hace? ¿Dónde vive? ¿Se juntaron? — Preguntó Marcela con curiosidad.
Suspiré. Si ya había llegado hasta ahí ¿Por qué no contestar con toda la sinceridad que me fuese posible?
— Es inglés— Comencé sintiéndome una completa chiflada. — Creo que escribe discursos políticos, además de ser un excelente músico.
Sergio negó con la cabeza riendo.
— Un hombre muy Paula ¿verdad? — se carcajeó. — ¿cómo puedes enamorarte de un hombre a distancia?
Torcí el gesto.
De aquí al manicomio pensé. Pero con tres cervezas y cuatro whiskies en la cabeza, cualquiera es filósofo ¿o no?
— En cuanto vi su fotografía, quedé fascinada— Comencé, intentando recordar en donde había guardado el numero de un terapeuta con el que había salido hace unos meses. — Él, es simplemente perfecto— Me acomodé en la silla y comencé con la verborrea— Es un poco menor que yo, pero increíblemente talentoso e inteligente. Pese a ser, dolorosamente atractivo, va por la vida como cualquiera. No es el típico galán avasallador. Tiene una sensibilidad y una timidez que hechiza, envuelve y atrapa. Él, gira universos en mí. Es el hombre ideal para cualquier mujer que se detenga a verlo, y no sólo por su apariencia, ni por su mirada, ni por la compulsiva forma de acomodarse el cabello cuando está nervioso, ni por su sonrisa. Es un todo que no sé explicar… Ag, resulta patético el querer describir con palabras lo que simplemente no puede ser descrito.
— Tú sí que estás enamorada ¿verdad? — Dijo Sergio— si hasta a mi me están dando ganas de conocerlo— Rió. — Pero está en Inglaterra, ¿no podías encontrar a alguien más cercano?, no sé, ¿algún país de Sudamérica, por ejemplo? ¿Cuándo vas a verlo?
Encogí los hombros.
— Supongo que nunca— susurré.
— Pero ¿no ibas a viajar a Londres el próximo año?— me recordó Marcela— Tal vez…
— Dudo que esté ahí — le interrumpí— Él, viaja muchísimo por su trabajo.
— Y ¿de qué te sirve amarle entonces?— Preguntó Eduardo.
Él, era el segundo hombre que me hacía exactamente la misma pregunta. Supuse que guardaba alguna relación con la testosterona.
— Amar no tiene por qué ser útil— Volví a contestar— El amor se siente y se entrega, no hay más.
— Pero ¿cómo puedes amar sin tocar?— Insistió.
Definitivamente era un problema de testosterona.
— El amor no es físico, aunque no niego la necesidad— reí— Cuando tú te enamoras, cuando el sentimiento es verdadero y profundo, el cuerpo queda a un lado. El amor no conoce de distancias ni de idiomas, porque no habla, no toca. El amor, simplemente está dentro de ti cuando explota, rodea, protege y acompaña al ser que amas… aunque esté al otro lado del mundo, aunque no te conozca.
— Cursi y empalagosa— Se burló Andrea— No conocía esa faceta tuya. Siempre me pareciste una piedra ¿es que los whiskies te llegaron al corazón?
— No, — suspiré— tú tienes hijos ¿Verdad? ¿No los amas del mismo modo?
— Pero son mis hijos, — dijo ofendida— por supuesto que los amo, daría la vida por ellos, pero eso es diferente.
— Discrepo — comenté— el amor es amor, simplemente eso. Los apellidos se los pone el hombre, los condimentos también. Los humanos tendemos a confundir el sexo con amor y no es así. Yo puedo tener sexo con cualquiera, puedo disfrutarlo también, pero amar… Eso sí que es distinto. Amar, es disfrutar de la sonrisa del que amas. Amar, es ser feliz con su alegría. Amar, es una mirada que se hace tierna por habito…
— ¿Y tú eres capaz de amarlo aun si él no te ama? — Preguntó marcela.
Estudié un momento mi audiencia suspiré y luego reí con ganas.
— He amado, a más de uno que me ha hecho trizas mientras me juraba amor eterno. — Les aclaré — Pero este no es el caso. Es algo que va más allá, algo que tiene que ver con lo que creo, con mi forma de ver la vida y la existencia.
— Siempre fuiste extraña, jamás logré entenderte— dijo Sergio con ternura revolviéndome el cabello con la mano — pero a ti no hay que entenderte— agregó— sólo hay que quererte.
— Brindo por eso — Agregó Marcela.
Los vasos se chocaron sobre mi cabeza.
Vi, como Andrea me lanzaba una mirada furiosa, y cómo la Vale me miraba preocupada. Baje los ojos a ambas.
Me quedé un largo rato con la mirada fija en los hielos de mi vaso. No noté el momento en que se fueron, tal vez me despedí, no lo sé, ni me importa. Simplemente me quedé en la barra con mi amiga, sintiendo completamente cero.
— ¿Te sientes capaz de manejar? — Preguntó de pronto.
¿Me sentía capaz?
— Si — Mentí— No te demores por mí, creo que me quedaré un poco más.
Suspiró.
—No quiero dejarte así, no te ves nada bien.
— Estoy bien — Mentí esta vez con una sonrisa— quiero quedarme sola, si no te molesta, de verdad… quiero pensar.
Me miró a los ojos con el rostro cargado de preocupación.
— Eso es justamente lo que me preocupa— Me explicó— Pero en verdad debo irme.
—Lo sé, —suspiré —te llamaré en cuanto llegue a casa — Le ofrecí.
No la vi muy convencida, pero se marchó.
Le pedí al chico de la barra un último whiskie, lo bebí de un sorbo y salí del bar.
Me acomodé en el asiento de mi coche y encendí el estéreo. Mi música favorita estaba ahí, lista para torturarme. Apoye la frente en el manubrio y me rendí.
Es terrible llorar por no poder dormir, pero es más terrible llorar por todos los que duermen tranquilos en sus camas, abrazados a los cuerpos de los que aman.
Dos golpes secos me apartaron de mi llanto. Levanté los ojos sorprendida. Él estaba ahí…
— La Vale me llamó— Me explicó mientras subía al auto y yo me acomodaba en el asiento del copiloto — Estaba preocupada por ti, dijo que no podrías conducir.
No respondí.
Cuando llegamos a mi departamento, me llevó directo al dormitorio.
Terminé como siempre, rescatada de mí misma, por mi príncipe ajeno.
Tal vez algún día él logre entender, que lo que necesitaba esta noche, no era la furia de dos cuerpos. Lo que yo pedía a gritos, era un beso en la frente… sólo en la frente…

lunes, 19 de abril de 2010

Segunda Carta




Es jueves por la noche y son exactamente las 2:40 am. Me quedan doce cigarrillos y el sueño no se ha reportado aun. Tampoco “él”
Me asqueo al notar que un par de moscas copulan en mi almohada. Suspiro resignada. Tengo algo que las atrae…Lo admito.
Al menos ellas si disfrutan de la amplitud de mi cama.
Vuelvo a suspirar.
El aburrimiento siempre ha sido mi enemigo mas temido. Él y la soledad, crean el ambiente perfecto para atraer la nostalgia y la paranoia, que se han convertido en las dagas que me guían hacia la autodestrucción, que por años me he negado a enfrentar.
A veces, cuando estoy en este estado, cierro los ojos y finjo recordar que vivo en un lugar muy cerca del mar. Alejada del ruido y las prisas de la ciudad. Un sitio tranquilo, en donde nadie llega a reclamarme lo poco mujercita que he sido. Donde soy yo, y no otra, la que elige las fronteras a las que quiero llegar. Donde son las olas las que me golpean las piernas, la sal la que ensucia mis pulmones y la arena la que evidencia mis pasos… y no sólo los malos.
Un lugar en donde puedo asirme al único cuerpo que me ha sido fiel desde la infancia… Mi guitarra.
Su música, es la base de mi vida. El lapso etéreo que me consuela, me acompaña, me conforta, me abriga y, en cierto modo, también me guía.
En mi anterior verborrea, te ofrecí mi amor… eso de por si ya es raro, yo jamás hablo de amor directamente. El amor ha sido siempre el fruto doloroso de mis relaciones.
Comienzo encandilada, comportándome como una adulta y luego ¡catapum!... entrego el corazón como una pendeja.
— Eliges mal — Dice la Vale.
Tal vez, puede ser que ella tanga razón.
Me levanto de la cama —para darle, a las moscas, cierta intimidad— y enfilo hacia el living.
En el camino, voy pensando en que este departamento es demasiado amplio para vivir única.
Si, es dolorosamente amplio.
Creo que me regalaré una mascota, de esas que mueven el rabo cuando uno mete la llave en la cerradura.
Enciendo el estéreo, me tumbo en el sofá y pierdo la mirada en el pasado.
Recuerdo que en treinta años, me han roto cinco veces.
La primera, fue en el colegio. Yo contaba quince y él veintiséis.
Aun rio al evocar la mirada horrorizada de mi padre, cuando nos vio llegar con las manos unidas a mi casa.
— Pero si es un viejo— susurró a mi madre en el oído.
— Tú, eres doce años mayor que yo — le recordó ella — y no me pareces un viejo — agregó con ternura.
— Ella es una niña — Insistió él.
Mi madre le miró entre sorprendida y divertida.
— Cuando nació Paula, yo tenía diecinueve y llevábamos algo más de tres años de novios ¿verdad?
Mi padre suspiró admitiendo su derrota.
Ernesto, se quedó con el fin de mis años tiernos, con mis primeros versos de amor y mis primeras lágrimas de dolor.
Él, fue generoso también. Me heredo el delirio por los Blues, me regaló un DC de Rey Charles, juró que mi futuro era el cantar, me enseñó a escribir y leer música, me arrastro a un enjuiciamiento público y provocó mi única expulsión escolar. — Al parecer, enamorar y enamorarse de un profesor, es un pecado moral en esta sociedad— Cínicos envidiosos los que osaron condenarme. ¿Quién no ha babeado sobre sus libros oyendo las lecciones de quien les educa?
Patricio — mi segundo amor — era la luz misma.
Lo vi correr sin fatigarse, sin dudar y sin temor, hacia un punto invisible que jamás llegue a entender del todo, y que él nunca alcanzó. Con asombro y orgullo, lo vi también, regalar su ropa y almuerzo a los estudiantes menos afortunados en la universidad.
Él, sufría de dolores ajenos, de hambre de justicia, de sed de igualdad. Sus valores, idoneidad y superioridad embrujaban a todo aquel que le oía hablar. Sus quimeras, traspasan los fondos de la comprensión humana, revelando a su audiencia, que una ilusión es posible, que los espejismos se alcanzan cuando cierras los ojos, miras el horizonte y viajas sobre una nube llamada libertad.
Patricio murió un viernes por la noche, su cuerpo quedó tirado en la calle. En su billetera no encontraron más que su dólar de la suerte, cuatro pequeñas fotos familiares, una servilleta con mis labios estampados y dos entradas al primer recital que asistimos — Recordatorio de la primera vez que hicimos el amor— En sus bolsillos levaba un encendedor y cigarrillos. En su espalda, su guitarra y las partituras con la música que jamás volverá a tocar.
Patricio murió cargando todos sus tesoros. Pasaron años antes de que lograra perdonarle el haberme dejado atrás.
El tercero de mis hombres, ni siquiera merece ser nombrado. Un día cualquiera, sin aviso, sin tregua y sin piedad, se escurrió de mi cama. En mi almohada dejó una fotografía y un papel en el que prometía no regresar jamás.
A mi primer marido — Ajeno, por supuesto— Lo conocí en un bar. Magullaba sus dedos en un piano. Intenté, con todas mis fuerzas, no asirme de él. Pero mi resolución fue tan inútil, como patética. Él, pensaba que el tic tac que salía de mi pecho, era una bomba de tiempo que intentaba el destruirme — eso era una verdad — Terminé viviendo casi un año en el espacio que nos separaba los cuerpos.
Yo le amaba. En la cama, él me mantenía bien lejos de su pecho. Evitando así, que me volviese trascendente.
Recuerdo haber llorado y fregado mi cabeza sobre su hombro, como las mascotas ajenas que buscan el afecto de un extraño. Él sonreía y me sobaba la cabeza como premio de consolación.
Mil veces, acompañé su melodía con mi voz. Una noche, fui a la barra, serví dos whiskies dobles, brindamos por la salvación de mi alma, lo bese con pasión, entoné su canción, renuncié al trabajo, tomé mi mochila y volví a mi país.
El quinto de mis puyas, también luce un anillo en su anular. Carcajeo sin parar, cuando le conté que estaba enamorada de la fotografía de un hombre al que no conocía, que no sabía de mi existencia y que tenía seis años menos que yo.
— ¡ni siquiera hablan el mismo idioma! — Bromeó.
— Mi ingles no es tan malo — le aclaré — a demás, dudo que tenga oportunidad de hablar con él.
Frunció el seño.
— ¿Y de que te sirve amarle entonces? — Preguntó mordaz.
— Nadie dijo que el amor debía ser útil — Contesté en el mismo tono.
— Sabes que no logro entenderte.
— Yo tampoco te entiendo— Suspiré. — y aquí estás.
Me miró por largo rato.
— No le conoces— reprocho.
Encogí los hombros.
— Durante estas últimas semanas, he leído cuanta cosa han publicado sobre él, he visto sus películas y he oído sus canciones.
Sonrió.
— Es por eso que no te invitan ni a las bodas ni a los funerales. — Me acarició la mejilla con el dorso de la mano — Analizas a la gente y sacas conclusiones que incomodan.
— Sólo digo lo que pienso — Le expliqué mientras alejaba su mano de mi rostro. — no es mi culpa el acertar.
— Tienes razón — Suspiró. — ¿Qué es lo que encontraste en él?
— No lo sé — admití — es un conjunto de cosas.
Intentó contener la risa.
— Si te vas a reír prefiero no…
— No, continúa por favor. — me interrumpió —Esto se pone cada vez más interesante.
Suspiré y no quité mis ojos de su rostro mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía.
— ¿Has oído hablar del cáncer?, — dijo molesto — Las personas responsables no se suicidan de ese modo.
Bufé.
— Las personas responsables, como tú les llamas, van a casa luego del trabajo, acarician a su esposa y arropan a sus hijos.
— Odio cuando me hablas de ese modo. — Gruñó.
— Odio cuando criticas el que fume — repliqué.
Inhaló un largo aliento y continuó.
— ¿Me vas a contar?
— Ya te lo dije, no lo sé. — Suspiré — Es su modo de enfrentar a las personas. Quizás sea su humor negro, él es tan… inglés.
— No me parece razón suficiente.
Le fruncí el seño al cigarro
— Es que él tiene todo lo que siempre busqué en un hombre… no lo entenderías por que ni yo lo entiendo.
— No lo conoces — Repitió — Pensé que los ataques adolescentes habían pasado de ti — rió — ¿Te veré gritándole en las esquinas y llorando histérica al verle pasar?
Hice un mohín.
— No seas ridículo por favor… Sabes que no haría eso. — Suspiré — Me estoy enamorando y no quiero hablar más del tema. Él es inteligente, encantador, actúa bien, tiene cierto matiz de ingenuidad y timidez que desconcierta y a la vez seduce. Enamorarme de él será fácil, como respirar o caer. Ya estoy fascinada.
Puso sus manos a ambos lados de mi cara para atrapar mi mirada y susurró:
— ¿Debería sentir celos?
— No tienes por qué, yo no soy tu propiedad.
Forcejee para soltarme de sus manos.
— En este momento eres total y completamente mía.
Caí rendida…por última vez me juré.
El sonido del despertador me alejó de mis recuerdos.
Otra noche en vela… Tal vez hoy será un buen día…

lunes, 5 de abril de 2010

Primera carta.





Primera carta.

Hoy llegué a casa a eso de las 9:30, luego de haber tenido la mente dormida las anteriores doce horas en el lugar en el que perteneció a otros, los que me pagan por ideas que metieron dentro de mi cabeza los profesores a los que ocasionalmente, puse atención en la universidad.

Abrí la puerta de mi departamento con cierta dificultad, ya que entre las manos tenía el pastel de cumpleaños que me haría recordar que desde hoy tenía treinta, es decir, que mi meta de ser feliz a los veinte, no había llegado a ser una realidad.

Yo tenía sueños ¿sabes?, ¿pero que tipo de niña no los tiene? No, esa no es la pregunta correcta. La pregunta es: ¿Qué tipo de niña se los cree?

Cerré la puerta de una patada y puse el pastel sobre la mesa del comedor en donde aun estaba la media tasa de café que desayune esta mañana, como es mi costumbre… completamente sola.

Tiré sobre el sillón mi bolso y los zapatos, caminé descalza hacia el reproductor de música que permanecía encendido, una vieja táctica que aprendí de mi padre, un modo de hacer creer a los ladrones que estoy dentro y no fuera, protegiéndome de ellos. Aunque el día de hoy, la presencia de un desalmado, no sería del todo inoportuna. He invitado a tantos voluntariamente… que he dejado de contarlos.

Reí para mis adentros un segundo, imaginando la cara que pondría el ladrón cuando le invitara a sentarse en mi mesa y compartir el pastel de chocolate, que por cierto, es mi favorito.

— Pase usted — Le diría.

Tal vez también parpadearía coquetamente extendiéndole la silla en donde se acomodaría.

A veces yo sé coquetear, sobre todo cuando es sábado por la noche y he bebido más de tres cervezas.

— Los anillos y el dinero están dentro del closet, —Agregaría —donde descansan también algunos tesoros que acumulé desde la infancia.

Si, ver la cara del ladrón, sería realmente divertido.

Puse en el reproductor mi disco favorito de Van the man —porque Van Morrison, escribe como si me conociera —y enfilé rumbo a la cocina.

Hoy comí más de quince cigarrillos, y aunque me producen un placer extraordinario, no logran calmar las protestas de un estomago vacío.

Abrí la nevera, no había más que dos lonjas de jamón que por su aspecto, no parecían muy apetitosas ni saludables. Suspiré, lo desenchufé y lo cerré con rabia. Tendré que recordarme hacer una visita al supermercado en la mañana.

Bueno, al menos tenía un pastel.

Con cierto recelo miré la lucecita roja que parpadeaba junto al teléfono, anunciando que alguien se había molestado en llamar y dejar un mensaje. Apreté el botón de play sin mucha ilusión, la única voz que quería oír, seguramente no estaría ahí.

Los primeros dos mensajes, eran de un amable empleado de una tienda, recordándome que había olvidado pagar la factura.

El tercero era de mi madre, disculpándose por no estar conmigo en este día tan importante, me recordó que pese a mi locura, ella me amaba.

Mis hermanos también llamaron, me explicaron que cuando uno tiene una familia, es difícil hacer visitas entre semana. Mi cumpleaños tendría que esperar hasta el sábado para ser celebrado.

Nadie me visitaría hoy, porque a nadie le gusta visitar a los tristes, porque la tristeza mancha —tanto o más que el aceite — y yo transpiro tristeza.

Abatida y dolorida, encendí el computador, la única ventana que me conecta con el mundo y me hace olvidar, a ratos, que estoy completamente sola.

Mientras se encendía, revisé las cartas que María dejó en la mesita de la entrada. Las cuentas se acumulan, agua, luz aire, todo lo que por el hecho de estar viva, debería ser gratis. Las estudié una por una, me dejé ilusionar con que escondida entre ellas, estaría una carta de amor… no había ninguna… para ser sincera… yo ya lo sabía.

Cuando el computador encendió al fin, me dispuse a revisar mi e mail, no había un sólo mensaje que me entusiasmara en demasía. Un casino en línea me ofrecía convertirme en millonaria, no jugué. Jamás he tenido suerte para ganar más dinero del que soy capaz de manejar.

El siguiente mensaje era una suplica desesperada de una chica a la que no conocía, — o no recordaba — me pedía que votara en una encuesta para elegir el hombre más sexi del planeta Holywood. Pinché el link que me envió y aparecieron mágicamente en la pantalla, siete rostros que no reconocí. Esto no es del todo extraño, si se toma en cuenta que no soy asidua a las películas.

Había memorizado el nombre de aquel por quien debía votar: Robert Pattinson, al parecer, el nuevo encaprichamiento de las adolescentes en todo el mundo.

Me detuve a observar la fotografía un largo rato. Ciertamente el chico era guapo. Pero lo que llamó verdaderamente mi atención, fue su sonrisa de niño dentro su rostro de hombre.

Abrí una nueva ventana y busque en Google su nombre, de inmediato aparecieron millones de entrevistas. Leí varias de ellas y vi otras tantas en you tube. Quedé simplemente fascinada, el chico además de hermoso, ¡es inteligente! — una virtud escasa— También supe que es inglés, que nació en 1986, en fin… Es verdaderamente increíble todo lo que se puede averiguar de un ser, en google.

El sonido del teléfono me interrumpió, me levanté de mi silla y me dispuse a contestarlo, sabía que era “él”.

— Feliz cumpleaños — Susurró en cuanto levanté el auricular.

Supuse que “ella” estaba dormida y él, no quería despertarla.

Suspiré.

— ¿Paula?

— Estoy aquí.

— Feliz cumpleaños — Repitió.

— Son más de la una de la madrugada, ya no es mi cumpleaños.

— Lo siento — Musitó — Te compensaré mañana.

— No te preocupes. —suspiré nuevamente.

— Te llamo por la mañana— susurró — Un beso.

Cortó la comunicación.

Me quedé más de un minuto pensando con el auricular en el oído, hasta que un pitido me sobresaltó.

Camine hacia el computador y lo apagué apretando el botón, no tenía prisa, pero tampoco quería esperar.

Busqué un par de velas y las puse sobre el pastel, las encendí y me canté “Feliz Cumpleaños” a mí misma. No las apague, me quedé ahí esperando a que se consumieran, en todo ese tiempo, no encontré ni un sólo deseo para pedir… La llamada logró alejar el apetito, decidí que era hora de acostarme.

Encendí el televisor del dormitorio, porque dormir sin voces, es peor que dormir sin almohadas. Ausente estaba el sueño, también las ganas de un orgasmo, aunque sea el mejor somnífero que se pueda imaginar.

Me quedé ahí, llorando quietecita, ¿Cuánto llevo advirtiendo que esto pasaría?, no lo se. Tal vez desde el principio, cuando decidí amar a un hombre enfermo del corazón y del alma.

Rogué el sueño, porque dormir es el paraíso, es la desconexión completa, el simulacro. Pero el sueño me evade, se aparta de mí como un hombre de la peste, como ese hijo de Adán, que me rompe todos los días de mil modos diferentes.

¿Dónde fueron mis esperanzas?, ¿mis metas e ilusiones?, ¿dónde fueron los amigos, la alegría, la capacidad de construirme, destruirme y levantarme?..
Al menos antes, cuando lloraba, me sabía persona…

¿Cómo cuidar el trozo de corazón que me quedaba?, ¿Cómo protegerlo de la devastación inminente, segura y completa?

Amando, diría mi madre.

Pero ¿a quien?, no hay un sólo hombre en este mundo que no me produzca nauseas, tampoco hay uno que esté dispuesto a quedarse.

Hay quienes dicen que soy bonita, pero no acabo de creerlo. Tengo esa mueca de muñeca que en un inicio llega a encantar a todos los que se detienen a mirarme,
hasta que se dan cuenta de que nada en mí es suficiente para retenerles.

Reí entre dientes un momento, había un nombre que taladraba mi cabeza, era un puerto seguro, porque no me conocía, porque no sabía que estoy rota, porque estaba suficientemente lejos, convenientemente lejos…

— ¿Y por qué no? —Me pregunté.

Yo podría ilusionarme y amarle a la distancia, podría escribirle mil cartas que no contestaría, podría recopilar los girones que quedan de mí y reconstruirme.

Dejé de moquillar en la almohada y sequé mis lágrimas con las sabanas.

— Dejaré que el amor se haga en mí, poquito a poco, —me dije.

Desde hoy amaré al que todas aman, como un Cristo redentor de carne y huesos. Hoy me confesaré loca, enamorada de un imposible, pero que no osará jamás el destruirme…

…Y así me enamoré del chico de sonrisa ancha, ojos como estrellas de profundidad sin mácula. Mi milagro personal, mi ilusión, mi salvador con nombre propio: Robert Pattinson…